EL TRABAJADOR SOCIAL EN PRIMERA LINEA DE BATALLA, FRENTE AL COVID-19

El Trabajo Social, desde su nacimiento a principios del S. XIX y con antecedentes inmediatos en el S. XVI en Inglaterra, tiene el encargo de intervenir en situaciones de crisis, con repercusión tanto micro como macro social. Es precisamente una de sus características, el ser una disciplina aplicada, lo que marca la “hoja de ruta”: […]

El Trabajo Social, desde su nacimiento a principios del S. XIX y con antecedentes inmediatos en el S. XVI en Inglaterra, tiene el encargo de intervenir en situaciones de crisis, con repercusión tanto micro como macro social. Es precisamente una de sus características, el ser una disciplina aplicada, lo que marca la “hoja de ruta”: observar y analizar para comprender y responder con propuestas transformadoras.

La definición internacional de Trabajo Social (2014) reconoce que las barreras estructurales contribuyen a la perpetuación de las desigualdades, la discriminación, la explotación y la opresión. Además, desarrolla conciencia crítica y estrategias de acción para con principios fundamentales como la justicia social, los derechos humanos, la responsabilidad colectiva y el respeto a la diversidad.

El Trabajo Social reconoce la base estructural de los problemas individuales, ya que existe una interacción de la persona y la sociedad, de la biografía y de la historia, del yo y del mundo. No trabajamos con problemas, sino con personas que en un momento dado de sus vidas se encuentran en una situación que les está afectando y que no pueden resolver -superar o minimizar- por ellas mismas. Esas situaciones tienen causa(s) y consecuencia(s) psicosociales sobre las personas y pueden ser de naturaleza material o inmaterial estando en la estructura social los factores predisponientes o determinantes. Así, la investigación de la situación de “esa” persona para el diseño de una intervención planificada y del sumatorio de “elementos comunes” de situaciones para la propuesta de políticas sociales, lo que hoy se llama política social basada en la evidencia, es nuclear en nuestra disciplina y profesión.

La pandemia de COVID-19, una crisis sanitaria con deriva social, convierte a las y los profesionales del Trabajo Social, siempre en la primera línea de batalla, en profesionales imprescindibles en el acompañamiento y promoción de las personas. Una nueva crisis social y económica sumada a las consecuencias de la todavía existente crisis económica globalizada del 2008.  La COVID-19 ha provocado nuevas bolsas de pobreza y ha aumentado no solo el número de personas afectadas, sino que ha agravado las que ya existían.

Desempleo, infancia y tercera edad: Los estragos de la pandemia

Ante una crisis social, la administración y distribución de recursos sociales ayuda a paliar las experiencias personales, pero no las resuelve. El recurso material o económico dado se agota en sí mismo, en su consumo. Se deben realizar procesos socioeducativos de intervención individualizada. Asimismo, el empleo se ha convertido en un eje fundamental para la integración o exclusión social. Las tasas de desempleo actuales nos obligan a realizar itinerarios de inserción socio-laboral diseñado para cada persona, acompañándola en dicho proceso.”Las cuatro vacunas son eficaces para prevenir casos graves y hospitalizaciones”

Otro deber derivado de la COVID-19 es la observación de la afectación en la infancia y la adolescencia: problemas de salud mental que irán apareciendo en los próximos años, provocados por el aislamiento y las dificultades para relacionarse socialmente o aumento del fracaso escolar, dejándolos excluidos en el futuro del mercado laboral. Las trabajadoras sociales y los trabajadores sociales debemos desarrollar programas de prevención en coordinación con el profesorado y otros profesionales. Los equipos de trabajo interdisciplinares van a ser fundamentales. Se hace necesario una intervención global con la persona y con su entorno familiar y social, trabajar con la persona frente a trabajar para la persona.

El grupo social más afectado de esta crisis ha sido el de las personas mayores, nuestras personas ancianas: enfermas, aisladas en sus domicilios, sin contacto personal con sus seres queridos, con imposibilidades reales de autonomía. El teléfono ha sido el instrumento de comunicación que les ha facilitado el contacto y ha funcionado, demostrando que el uso de las TIC puede mejorar su calidad de vida.  

Un seguimiento más exhaustivo

A partir de ahora, la comunicación visual va a cobrar importancia en la intervención, principalmente en procesos de seguimiento de casos. En pocos años pasaremos de la tele-asistencia a la video-asistencia, podremos relacionarnos con las personas en su hogar a través de la imagen y el sonido. Esto nos va permitir atender a la persona para su seguimiento en su propio domicilio, sin necesidad de desplazarse. Es posible que las personas ancianas de zonas rurales estén mejor atendidas, o que al menos se pueda realizar un seguimiento social más acorde a las características del entorno.

Se ha hecho un breve recorrido por los grupos sociales según rango de edad, pero no podemos dejar de mencionar a quienes dentro de estos viven situaciones especiales: las mujeres, las personas con diversidad funcional y las personas con discapacidad intelectual; las personas inmigrantes en situación administrativa irregular, las personas con cargas familiares no compartidas, las personas en situación de privación de libertad, o adictas a sustancias, enfermas crónicas, sin ingresos regulares,… Todas las situaciones que en sí mismas no son excluyentes y, por lo tanto, necesitan una atención no solo individualizada ,sino integral.

Entre los retos y compromisos en un futuro a corto plazo están el diseño de políticas sociales que favorezcan la integración por el reconocimiento de la persona, para posibilitar procesos de cambio personal y social. Una mirada diferente de la persona que nos permita ver sus capacidades, sus potencialidades y no sólo sus necesidades. Para ello, se deberá aumentar el número de profesionales de intervención directa y reducir la ratio de personas atendidas por la trabajadora social y el trabajador social.

Fuente: www.ucm.es

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